Todos los días, al amanecer, lo despierta el dolor lumbar. Lo paraliza, le impide moverse. Se clava un analgésico. Deplora los analgésicos: conspiran contra la presión arterial. A los setenta y uno ya tiene bastante con empezar el día tomando pasta para controlar la hipertensión y la diabetes. Se da una ducha. Permanece un rato bajo el agua caliente, un rato largo. A pesar del dolor, se viste, se prepara un café, se dispone a encarar la mañana, sentarse al teclado, escribir una crónica en el que describirá la burocracia que lo viene arrinconando, el tratamiento que se posterga en la burocracia de su servicio médico en capital: IOMA, Instituto de Obra Médico Asistencial. Pensarse ficción no lo distrae del dolor. Se propone ser objetivo, anota síntomas, fechas, nombres. Se da cuenta qué clase de historia está narrando, su historia clínica.

 

En el último verano consultó un kinesiólogo especializado en deportistas. Los ejercicios que le instruyó apenas surtieron efecto. Escribía un rato, paraba, se tiraba en el piso y elongaba. El dolor no cedía. Consultó un traumatólogo. Le ordenó unas radiografías. Después de mirarlas, le dijo que siguiera con más kinesio y tomara analgésicos. En abril llamó a Fleni y pidió una consulta con un integrante del equipo de neurocirugía que lo había operado en 2015. Tenía turno disponible recién en junio. Cuando por fin fue atendido, el neurocirujano miró las placas y le diagnosticó listesis, condición que se presenta cuando una vértebra se sale de su lugar y se desplaza hacia adelante o hacia atrás, encima de otra vertebra presionando un nervio. Los síntomas más comunes incluyen dolor de espalda baja que empeora durante la actividad. Además, entumecimiento, un hormigueo que se extiende desde la espalda hasta las piernas. El equipo, le dijo este neurocirujano, no era partidario de las intervenciones a menos que fueran imprescindibles. Ya había sido operado una vez. Nada de ponerle clavos, le dijo. Le proponía una termolesión facetaria, estrategia que suele ser exitosa. Lo derivó a otro neurocirujano del equipo, especialista en medicina del dolor. Pidió turno. Recién había uno disponible a fines de junio. Este neurocirujano le explicó en qué consistía el tratamiento, el paso de una corriente de alta frecuencia a través de una cánula totalmente aislada. La descarga se realiza en las terminales nerviosas de la zona afectada. El procedimiento se practica con anestesia local y con una sedación. La orden que le extendió el neurocirujano fue cotizada por Fleni en 105.000 pesos y, como se trataba de un procedimiento fuera de convenio, debía ser aprobada por IOMA dentro de un lapso de siete días. En esta parte de la crónica omite las discusiones con los administrativos. Le importa más averiguar por qué Fleni no contacta a IOMA para abreviar el trámite. Le dicen que no corresponde. Es IOMA la que debe actuar. Vuelve a IOMA. Le aprueban la intervención, vuelve a Fleni. Pero en Fleni se le informa que esta autorización de IOMA tampoco es válida. IOMA, le subrayan, no tiene habilitado convenio para esta clase de intervención. Tiene que volver otra vez a IOMA para una autorización específica. Y otra vez en IOMA, se le informa que el trámite no será aprobado tan fácilmente. Se trata de un trámite de excepción. Una empleada ahora le dice que debe adjuntar a la orden no sólo la historia clínica sino también las placas. Trata de no desalentarse. Reúne el material en una carpeta. Al día siguiente vuelve a volver a IOMA. La empleada revisa el material, comprueba que no falte ningún estudio, y le informa que su expediente será derivado a La Plata, donde está la central de la mutual: allí será auditado. El trámite, le aclara, demorará aproximadamente un mes. No puede hacer otra cosa que armarse de paciencia. Las normas son estas, le dice la mujer.

 

A fines de julio el expediente vuelve de La Plata a Capital, pero no aprobado. No sé qué paso, le dice la empleada. El expediente ha vuelto de La Plata junto con otros. Ninguna explicación al respecto. Volverán a despacharlo a La Plata. En esta parte de la crónica, se dice, debería consignar que el trámite se frena a veces por los cortes de luz en La Plata, porque se cae el sistema, porque no es fácil desde IOMA Capital llamar y conseguir con La Plata. No quiere perderse en estos detalles kafkianos.

 

Desde la consulta en Fleni a la fecha han pasado más de cuarenta días. Días en los que el dolor lo supera. Cada mañana le cuesta más arrancar. No obstante, vuelve una y otra vez a IOMA a ver si hay novedades. Una administrativa solidaria se preocupa por el caso. Logra detectar en qué sección de IOMA, en La Plata, se encuentra el trámite. Está en mesa de entradas, luego pasará a auditoría. Desde La Plata, una justificación: IOMA tiene un convenio homologado para su tratamiento y si Fleni pone obstáculos es porque especula con un presupuesto más alto. En consecuencia, el trámite ha vuelto atrás. Y tal vez en la semana próxima se le dé un nuevo curso. Toma otro analgésico.

 

En estos días este diario publicó una denuncia: IOMA tiene superávit, es decir, se comporta como una empresa. Y reduce la atención de tratamientos y pone trabas burocráticas en función de una política especulativa. La gobernación no es ajena a esta situación. Puede conjeturarse dónde va a parar el dinero del superávit. Mientras la gobernadora sonríe haciéndose la cándida, en Facebook pueden leerse numerosas denuncias y demandas judiciales por esta política de la mutual. También en la web puede encontrarse data sobre muertes evitables que han sido responsabilidad de este servicio médico.

 

En las oficinas de IOMA observa los afiliados que acuden por un trámite. Hombres, mujeres, mayoría de viejos. Achacados, maltrechos, enfermos. Están los que se quejan, los que protestan y también los que agradecen. Porque, es cierto, los empleados hacen más de lo que pueden. El mostrador no separa a unos de otros, el dolor nos iguala. El sistema es perverso: si el dolor agobia a quienes acuden necesitados de la autorización de una receta, un análisis, un tratamiento, el dolor, por más que se trate de un dolor moral y no físico, también debe percudir a quienes atienden. Ocho horas de trabajo escuchando los padecimientos del prójimo deben dejar marcas.

 

Cuando esta crónica que escribe se publique, con seguridad, seguirá esperando. No lo consuela pensar que el suyo no es el único caso en suspenso atrapado en la burocracia del dolor, que no sólo debe haber otros similares sino más graves, como los pacientes oncológicos. Al escribir, se da cuenta, en vez de decir yo recurre a la tercera persona, más distante. En su anonimato, el sujeto de la historia puede ser leído como un nosotros.

 

Fuente: Pagina 12