El pasado 7 de mayo se cumplió un nuevo aniversario del lanzamiento, en 1972, de un disco que hizo historia: Exile on Main Street, de los Rolling Stone. Una simple excusa, entonces, para  revivirlo en esta nota de Marcha.

Exile on Main Street es el mejor disco de los Rolling Stones. O mejor; de los Stones. A estas alturas merecen ser tuteados. Introduzcamos nuestros oídos (y ojos) en la no fácil tarea de resumir o encasillar a esta banda, o, siquiera, a este gran disco doble, escapando a simplismos y reduccionismos.

Nadie puede negar el carácter comercial de los Stones. No son una banda de revolucionarios ni mucho menos. A esta altura bien podríamos referirnos a ellos como empresarios. Pero lo que resulta interesante es rescatar a los jóvenes stones, porque en mayo de 1972, Mick Jagger y Keith Richards no eran sinónimo de giras multimillonarias como lo son ahora. Eran jóvenes que querían tocar. Si bien ya gozaban de cierto reconocimiento masivo, los ´70 encuentran a esta banda en una encrucijada. Deben dejar su Inglaterra natal por cuestiones de fraude fiscal. Cuando una banda es acusada de evadir impuestos, su popularidad cuelga de un hilo frágil. La respuesta a esta situación fue una respuesta Stone. Se trasladan a Francia para producir su primer disco doble y uno de los lanzamientos más importantes en la historia del rock and roll. O mejor, el rocanrol.

Exile on Main st. fue grabado íntegramente en el sótano de la mansión que alquilaron Keith Richards y Anita Pallenberg en Nellcote, al sur de Francia. Esto es algo que se deja sentir cuando uno escucha este disco doble por vez primera. El calor de ese sótano húmedo está en las canciones, se deja respirar. Uno puede imaginarse a Jagger, Richards, Mick Taylor, Bobby Keys, Jimmy Miller, Charlie Watts y Bill Wyman tocando en condiciones infrahumanas, ensayando a altas horas de la madrugada, pasándose botellas de Jack Daniels, armando porros y comiendo melones tirados en el piso y mirando el techo  esperando que la inspiración cayera como un fruto maduro desde el cielo, que surgiera el arte sin necesidad de forzarlo, porque el arte es eso, aparición divina, capacidad de transformar lo abstracto en concreto sin que pierda pluralidad ni complejidad.

Entonces bien, es importante ver a los Stones no como la banda que compuso los megahits “Satisfaction”, “Start me up” y “Sympathy for the Devil”, sino como quienes supieron cambiar la historia del rock and roll. Un grupo de jóvenes que se juntaba en los suburbios a escuchar blues y a hablar de Chuck Berry, Robert Johnson y Little Richard. Pioneros. Este es el concepto que debemos rescatar de esta histórica banda. Es nuestro deber volver a escuchar este disco doble y sus impresionantes (y muy profundas) composiciones: “Shine a Light”, “Rocks off”, “Tumblin´ Dice”, “Sweet Virginia”, “Ventilator Blues” y “I Just Wanna See His Face”. Es lo menos que le debemos a una banda que canta “No quiero hablar de Jesús/ sólo quiero ver su rostro”.

La aparición de Mick Taylor como nuevo guitarrista, de gran técnica, incluso, superior a Keith Richards, la ausencia del polifuncional Brian Jones causada por su misterioso fallecimiento, la profundidad y originalidad de las letras y las melodías, la mezcla de rock, blues, góspel, country, el gran aporte de los instrumentos de viento proporcionados por Bobby Keys y Jimmy Miller, el contexto de la época y las condiciones en que fueron grabados estos temas vuelven a Exile on Main Street un disco doble esencial.

El resultado es el álbum de una banda que no quería dormirse en los laureles, de una banda que siempre miró hacia adelante. De un grupo de jóvenes que estaba alcanzando la madurez y que (todavía) no se dejaba comprar, que no tenía miedo de innovar y de experimentar. Al final del día, es sólo rock and roll. ¿Qué importa si Mick Jagger es o no un careta? ¿A quién le importa si Keith Richards se volvió un aburrido porque dejó la heroína? Hablemos de la música. Este es un disco revolucionario en términos musicales y transgresor en términos líricos. Un gran disco de rock and roll. O mejor; de rocanrol.