“Nos los representantes de las Provincias Unidas en Sud América… …declaramos solemnemente a la faz de la tierra, que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias… …investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando séptimo, sus sucesores y metrópoli y toda otra dominación extranjera”.

Con estas palabras, el 9 de julio de 1816, en la ciudad de San Miguel de Tucumán, las Provincias Unidas en Sudamérica declararon su intención de desandar los caminos de la historia como un solo pueblo libre y soberano.

El Acta de la Independencia fue redactada en español, quechua y aymara, y suscripta, además de los representantes de lo que hoy es la República Argentina, por Diputados de Cochabamba, Chuquisaca, Potosí y Tarija.

En efecto, en los orígenes históricos de la Patria Grande Latinoamericana éramos un solo pueblo, con familias unidas por sus raíces, sus sueños y su búsqueda de un futuro mejor. Somos parte de una misma historia que nos da sentido de pertenencia, de identidad y de memoria colectiva; una misma historia que ha sido deliberadamente olvidada por los guardianes de la historia oficial de nuestra realidad fragmentada, impregnada de localismo.

Este 9 de julio debemos entonces reflexionar sobre lo que se ha dado en llamar la “Americaneidad de la Revolución”. Porque, “la misma euforia, la misma esperanza e idéntica bravura despiertan las acciones revolucionarias de Charcas, La Paz, Quito, Caracas, Buenos Aires, Santiago, Arequipa, Montevideo o Cochabamba.”

Por tal razón entendemos que nuestras celebraciones patrias deben ser entendidas y recordadas como partes de un proceso de amplias y trascendentes dimensiones.

Debemos superar la reduccionista visión localista y remarcar que la celebración del 9 de Julio de 1816 la hacemos en recordación de un hecho histórico que trasciende las fronteras argentinas.

Hoy, más de doscientos años después de esta lucha libertaria, hemos retomado ese ideal de unidad de toda la América Latina.

Nuestros Gobiernos y pueblos son conscientes que la única forma de alcanzar el sueño de más libertad, más igualdad, más equitativa distribución de la riqueza, más educación, más salud, es recorriendo unidos el camino.

Con nuestras diversidades, nuestros matices, nuestras identidades, sabemos hoy que el camino no es otro que aquel que tomaron San Martín, Belgrano, Bolívar, Artigas, Sucre; el mismo camino que mucho antes en el tiempo lo habían llevado a cabo los pueblos originarios, expresado entre otros en el sacrificio de Tupak Katari y de Tupak Amaru; un camino conjunto en la búsqueda de paz, prosperidad y justicia.

El MERCOSUR, la UNASUR y el ALBA son las fuerzas motrices de esta nueva etapa de nuestra historia. Y es en este marco que el sentimiento de hermandad de los países latinoamericanos adquiere un nuevo e inusitado valor e impulso; porque sólo una Latinoamérica unida e integrada en una sola voz estará plenamente preparada para enfrentar los desafíos de un mundo globalizado, gerenciado por el ideario neoliberal que endiosa el mercado y demoniza al Estado.

Es en este marco que los objetivos históricos de los Padres de la Patria Latinoamericana se mantienen vigentes, aunque hoy no se trata de liberarnos del colonialismo de antaño sino de defender nuestros recursos naturales y de no someternos a la usura del capital financiero internacional, cuestiones fundamentales para afianzar nuestro camino de desarrollo independiente.

Y este es el verdadero legado de los Padres de la Patria; sólo con la conciencia de una identidad y destino común podremos construir una Latinoamérica en la que todos puedan vivir con dignidad, sobre la base del irrestricto respeto a los Derechos Humanos que tiene que ver con la propia condición del hombre.